
En el mundo hay dos clases de personas: las que desayunaban galletas Mayuca y las que no. Y punto. Todo lo demás que quieran vender como estudios sociológicos son mentira. Pura basura.
Yo desayunaba Mayuca (a esto ya habíais llegado vosotros solos, ¿me equivoco?) y las recuerdo como las mejores galletas que habré probado nunca. Eran de un sabor excelente, ni muy dulces (como las Chiquilín) ni demasiado blandengues (como las María). Absorbían el café o la leche magníficamente y costaba que llegaran a romperse al intentar comerlas -permítanme los pacientes lectores que abra este paréntesis (que no es tal ya que son dos rayes) para revivir ese clásico momento en la vida de cualquier español al que le ha caído alguna vez la puñetera galleta María en el jersey al intentar elevarla hacia la boca-. Aún recuerdo su sabor con claridad y eso que hace muchos años que no las degusto. En fin, que parece eran mis galletas favoritas de siempre.
Pero hete aquí que siempre hay un listo. Un listo de los cojones con un titulín de marketing, una carrera universitaria, un master o simplemente ganas de tocar las pelotas y joder. Un listillo con ideas que mejor hubiera estado con colitis ese día. Y me explico: casi puedo imaginar como el mencionado tipo entro una mañana en la fábrica de Reglero como si hubiera tenido una visión. "Vamos a cambiar lo que hemos estado haciendo toda la vida y que gusta tanto a la gente para hacer una burda imitación de nuestro mayor rival: las Chiquilín". Toma pol saco, carrasco!
Y así, de esa manera, el visionario de la boina enroscada creyéndose que va a romeperles el ojete a los de Chiquilín con su nueva y agresiva estrategia superrevolucionaria, que se pensaban iban a estudiarla en la London School of Economics o el mismo Sachs se rendiría a sus pies, lo único que hizo fue joderme. Pura y duramente, joderme.
Ahí me quedé yo sin mis galletas Mayuca del sabor de siempre. Desde entonces saben a Chiquilín. Y no hay quien las coma. Mira tú lo fácil que es arruinar la infancia de alguien.
Hace cosa de un par de años les mandé un mail para pedirles una rectificación. Era una carta emotiva, que se centraba en mis mejores momentos de niño con esas galletas. Un verdadero derroche de buenaventuranza para con ellos. Nada, no hubo ni respuesta.
Antes iba a pedir crear una plataforma ciudadana que recogiera firmas, algo que movilizara a la sociedad. Yo qué sé: firmas, panfletos, mesas en la puerta del sol, en la calle aguado, en el barín, tiralos desde el alto L'infanzón, atame a los árboles del paseo prado-recoletos, manda-y una misiva a la reina... lo que sea porque me devuelvan mis galletas. Las quiero aquí, conmigo de nuevo. Y al mamonazo que me las robó le caigan cuarenta años a la sombra. O la perpetua. Por ser un monstruo para la sociedad.
Pero acabo de darme cuenta de que no, que les den mucho por el saco. Eso sería algo propio de un niño Chiquilín. Los niños Mayuca no pedimos clemencia o piedad. Se la brindamos.




